Territorio híbrido: Transculturación y Paisaje cultural en La Guajira

Hybrid territory: Transculturality and Cultural Landscape in La Guajira

DOI: 10.17981/mod.arq.cuc.27.1.2021.02

Artículo. Fecha de Recepción: 15/01/2021. Fecha de Aceptación: 05/03/2021.

Álvaro Hernán Acosta Páez

Universidad Nacional de Colombia. Medellín (Colombia)

ahacostap@unal.edu.co

Ana Mercedes Suárez Velásquez

Universidad Nacional de Colombia. Medellín (Colombia)

amsuarez@unal.edu.co

Owen David González Obando

Universidad Nacional de Colombia. Medellín (Colombia)

owgonzalezo@unal.edu.co

Cristina Ospina Montoya

Universidad Nacional de Colombia. Medellín (Colombia)

crospinamo@unal.edu.co

Juan Pablo Osorio Osorio

Universidad Nacional de Colombia. Medellín (Colombia)

jposorioos@unal.edu.co

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Para citar este artículo:

Acosta, Á., Suárez, A., González, O., Ospina, C. y Osorio, J. (2021). Territorio híbrido: Transculturación y Paisaje cultural en La Guajira. MODULO ARQUITECTURA CUC, 27, 3560, 2021. http://doi.org/10.17981/mod.arq.cuc.27.1.2021.02

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Resumen

La Guajira, un territorio localizado en la frontera norte entre Colombia y Venezuela, donde a través del tiempo diversas culturas han ocupado y dejado una huella en sus paisajes; diversos períodos y procesos históricos como la colonia, la república, el comercio, la minería y las migraciones configuraron un territorio de intercambios culturales que evidencian un carácter híbrido y diverso, aunque conservando unidad en su imagen étnica. El presente trabajo es una reflexión derivada de un ejercicio realizado sobre algunos de estos procesos de hibridación mediante la construcción y el análisis de composiciones cartográficas, entendidas como representaciones que interconectan conjuntos de ideas sobre un territorio, permitiendo inferir algunas características y procesos de mestizaje, puesto que en la actualidad, la sociedad y la cultura son el resultado de numerosos procesos de transculturación e intercambios internos y dinámicos, en ese sentido, los procesos de construcción de una identidad territorial podrían existir bajo una forma de un sincretismo particular.

Palabras claves: Territorio; identidad; cultura material; paisaje; sincretismo; urbanismo; transculturalidad

Abstract

La Guajira, a territory located on the northern border between Colombia and Venezuela, throughout history various cultures have occupied this territory, processes such as the colony, the republic, trade, mining, and migrations; thus, configuring a territory of cultural exchanges that show its hybrid and diverse character. The present work is a reflection on their hybridization processes through the analysis of cartographic compositions, understood as representations that interconnect sets of ideas about a territory, allowing to abstract hybrid characteristics, since, at present, society and culture are the result of endless transculturation, of internal and dynamic exchanges, since territorial processes could exist in the form of syncretism. It comes to the concept of the hybrid in the key of multiculturalism, which can lead us to understanding, acceptance and coexistence with the “other”, the heterogeneous.

Keywords: Territory; identity; material culture; landscape; syncretism; urbanism; transculturality

introducción

El territorio como una apología al ser

Inicialmente revisaremos tres conceptos esenciales para la reflexión que pretendemos realizar, a saber: Territorio, Paisaje y Geografía. Territorio es, como un entramado de relaciones físicas o abstractas que los habitantes de un lugar crean, en la medida en que se apropian y lo habitan. Es decir «[…] Un sistema complejo de relaciones y acontecimientos determinados, con base en las sucesivas capas de referencia que lo definirían (físicas, pero también demográficas, biológicas, económicas, culturales, políticas…)» (Gausa, 2001, p. 580). Podemos afirmar, que el territorio es el espacio social construido a partir de las vivencias, interacciones, recuerdos, y conocimientos de sus habitantes; por lo tanto, estudiar las diferentes dinámicas, comunidades y fenómenos que lo componen es una estrategia mediante la cual se podría entender y definir algunos aspectos de un territorio.

Por otro lado, Gausa (2001) menciona que por paisaje se podría entender la superposición de dos hechos: El hecho natural y el hecho construido; y para poder percibir el paisaje es necesario alejarse de él. Al respecto Manzano (2013) plantea una analogía entre el paisaje y la escena de un teatro, donde los actores son consientes de que se encuentran en escena, pero no pueden disfrutar de ella, dejando como conclusión que éste «es paisaje como una realidad construida por objetos y personajes, pero sobre todo, es una realidad construida por miradas» (p. 7).

Adicionalmente se encuentra la Geografía, disciplina que, durante el transcurso del siglo XXI, se ha integrado cada vez mas a la Arquitectura, entregándonos términos como «mapear» permitiendo con ello una aproximación mental al territorio (Gausa, 2001, p. 251). Es decir, la Geografía puede percibirse como una herramienta que permite acercarse y estudiar de una forma precisa y rigurosa los componentes del territorio y del paisaje. Estas tres miradas se convirtieron en punto de partida y nos permitieron plantearnos varios interrogantes referidos al territorio de La Guajira y sus procesos sedimentarios formativos, preguntarnos como se construyó su paisaje y mapear los diferentes surcos por los que el fenómeno de lo híbrido y lo transcultural surgen en este paraje peninsular.

Ahora bien, si es esencial la mirada y el reconocimiento de lo lejano, es necesario añadir que este artículo se logró desarrollar gracias a los permisos de la autoridad tradicional de la Ranchería Montañitas, localizada en la Vía Maicao-Riohacha, y por medio de Silvio Rafael Jayariyú e Imelda Epieyú, líderes culturales, quienes nos permitieron el acceso a la ranchería para visitas de campo y talleres con la comunidad, compartieron sus costumbres y conocimientos con nosotros, permitiendo que esta reflexión fuera posible.

En esta perspectiva, partimos de reconstruir una arquitectura del territorio y su paisaje a partir del reconocimiento inicial de algunos lugares significativos como «actores» en el paisaje guajiro, junto con el análisis de elementos constitutivos y la caracterización de valores históricos y territoriales, que permitieran una aproximación inicial; para ello se ejecutaron tres visitas de campo para algunos centros poblados y rancherías. Las dos primeras visitas se realizaron con el fin de observar, conocer y establecer lazos, en la tercera se realizó un taller de arquitectura para niños Wayúu en la escuela Centro Educativo Indígena Rural N°2, Sede Montañita; posterior a esta visita también se realizaron series de ejercicios cartográficos o mapeos, una producción a través de la cual se intenta redibujar los rasgos del territorio, expresado en su procesos de hibridación, mestizaje y transculturación.

La idea del taller de Arquitectura para niños Wayúu surgió del acto de sensibilizar la creación espacial propia de la disciplina arquitectónica, una acción ligada a la conciencia humana y a la propia experiencia del habitar, es decir, con reconocerse en el mundo a partir de esa conciencia. Partiendo de lo anterior se realizaron ejercicios de taller de arquitectura con los niños de la comunidad, explorando dos aspectos: la forma del espacio y su materia, y el lugar en relación con el propio territorio percibido; el taller se llamó «El territorio y de dónde venimos». Una narrativa que se inicia mostrando un dibujo de nuestro lugar de origen y su carácter como lugar identificable a partir de rasgos; mostramos como nos vinculábamos a su territorio, desde donde veníamos y cómo llegamos, estructurando una espacialidad en ese proceso; luego se les propuso que mostraran en sus dibujos y creaciones el camino de la «casa» a la escuela, como un punto de partida a nuestro encuentro. Se procedió a entregar hojas de papel bond y lápices de colores para que dibujasen este recorrido y las historias que tenían en ese camino cotidiano desde la michi’ipaa (casa); esta actividad nos posibilitó observar e identificar varios elementos, algunos muy representativos del territorio desde la mirada de los 40 niños participantes, así mismo permitió inferir algunos significados y valores, e incluso, orientar la perspectiva del carácter patrimonial de varias expresiones que a la postre podrían articular alguna de los interrogantes planteados inicialmente (Figura 1 y Figura 2).

Figura 1. Taller el territorio y de dónde venimos.

Fuente: Proyecto investigación.

Posteriormente y con base en las reflexiones derivadas de las experiencias con las visitas de campo y los talleres, así como también del estudio de material bibliográfico compilado, se realizaron varios procesos de construcción cartográficas o mapeos, se trata de unas cartografías del territorio, una representación de un espacio teórico, en el cual, mediante la conexión e interconexión de relaciones simbióticas, a modo de rizoma, entre los procesos de transformación, mutación y cruces de series espaciales o nodos identificados se comenzó a definir, a modo de un patchwork infinito de relaciones y ensamblando pieza a pieza, una representación de varios elementos que constituyeron parte del carácter del territorio, es decir, aspectos de la cosmovisión las divisiones político administrativas, los resguardos indígenas, aspectos clánicos, lugares sagrados Wayúu, los asentamientos generados a través de los procesos histórico culturales y a partir de este ejercicio, se logró develar convergencias y divergencias de las diferentes prácticas y concepciones territoriales expresados en diagramas (Figura 2).

Figura 2. Representación patchwork de relaciones.

Fuente: Proyecto investigación.

Esta aproximación inicial y la revisión de estos procesos históricos y culturales nos permitió entender a La Guajira como un territorio poli­sémico, pues se trata de un lugar donde han confluido dos culturas, lo Wayúu y lo Arijuna (occidentales), con procesos de intercambio y mestizaje en amplios períodos de tiempo; donde se encuentra además el borde y confín de dos estados nacionales y sus representaciones de frontera, es decir, los departamentos de La Guajira y el Estado del Zulia. Encuentro que produce como resultado formas de habitar híbridas, asociados o permeados a las dinámicas del Mar Caribe como trasegar de imaginarios identitarios, económicos y políticos, un mundo anclado ancestralmente a una cosmovisión mágica arraigada a estos parajes y otro de características occidentales, marcado por procesos de colonización e hispanización, de dominio y explotación económica. Es por ello que, escribir de La Guajira necesariamente implica estudiar la cosmogonía de las comunidades que allí habitan, la cual constituye la «manera de ver e interpretar el mundo» (Ferrater, 2001, p. 701) y las transformaciones que las dinámicas histórico culturales han llevado.

Territorio Histórico Guajiro-Arijuna

Origen del Pueblo Wayúu y Primeros Asentamientos

Para comprender la ocupación de la península por parte de los pueblos originarios, acto que se dio previo al contacto europeo, nos debemos apoyar de los análisis antropológicos, arqueológicas e históricos los cuales explican el origen de las tribus peninsulares. Cabe resaltar que es un tema poco estudiado, pues los datos recuperados de la época precolombina no son tan numerosos y consolidados como los obtenidos de las narraciones conquistadoras y extranjeras. Aun así, estos relatos presentan vacíos importantes, debido también a la parca actitud que el habitante peninsular mantuvo durante gran parte de la historia con los conquistadores.

Sobre la historia del poblamiento de la península Guajira, su ocupación desde la teoría de la ascendencia Arawak por parte de los Wayúu; estos llegaron a la península, procedentes de las cuencas hidrográficas del rio Amazonas y Orinoco, buscando nuevos lugares aptos para sus actividades, en estos procesos de migración hacia el norte del continente, y después de dividirse estos grupos hacía varias direcciones, unos se establecieron en la parte más septentrional del territorio continental (Montiel citado por Marín, 2014). De esta manera es posible crear una cronología de la organización espacial en la Guajira por parte de los Wayúu, previamente a la conquista española, de la cual existen restos arqueológicos en la Media y Baja Guajira correspondientes a su ocupación temprana, datados aproximadamente del 1800 A.C. (Vásquez y Correa, 1992). Tanto así que, «aun en las mitologías Kogi y Arhuaca [-Ikas-], en la vecina Sierra Nevada de Santa Marta, dan cuenta de la llegada de los “belicosos” Wayúu a la península y del desplazamiento Tayrona hacia la Sierra» (Vásquez y Correa, 1992. p. 8). Por otra parte, y según investigaciones de José Ángel Villalba, el pueblo Wayúu se ubica en la zona estudiada desde 150 A.C. (Montiel citado por Marín, 2014, p. 29). Para la conquista española, la península ya estaba ocupada por un gran número de etnias las cuales se vieron reducidas bajo el nombre de “Guajiros”.

Proceso de Conquista y Colonia, la Lucha por la ocupación de la Península por parte de Europeos

El primer contacto de los europeos con la península se dio en arribo de las expediciones de Alonso de Ojeda junto a Juan de la Cosa, entre 1499 y 1502, bordeando la isla de Coquibacoa (Actual península de la Guajira), donde posteriormente de Ojeda, capitularía la gobernación de Coquibacoa, allí «se realizó la primera fundación en Tierra Firme -el efímero [duraría un año] “Santa Cruz”-, levantado en su costa nor-oriental […] en 1502» (Vásquez y Correa, 1992. p. 8). Posteriormente a que se habían asentado en las costas del norte de Suramérica, empezaron a arribar al sur-occidente de la península, provenientes de la ciudad de Santa Marta al oeste (españoles), fundando los poblados de Dibulla y Albania en 1525 y del territorio de Klein-Venedig o Pequeña Venecia1 (germánicos), posiblemente habitantes de Nueva Augsburgo en 1527 y Nueva Núremberg para 1529, ciudades correspondientes a las actuales Santa Ana de Coro y Maracaibo respectivamente. Estos arribos obligaron la migración de nativos que habitaban la zona, hacia la Media Alta Guajira y hacia la Sierra Nevada (Vásquez & Correa, 1992).

El interés de la Institución hispánica en la península respondía a las actividades de extracción de perlas (en el Cabo de la Vela a partir de 1539) y palo de Brasil, además de la ganadería, y así, desde la primera mitad del siglo XVI hasta bien entrado el siglo XVII, los españoles fundaron diversos poblados algunos de ellos de duración efímera y otros actualmente constituidos como municipios colombianos. A esto se le sumaba la ubicación estratégica del territorio respecto a las rutas comerciales con las Antillas, lo cual hacía atractiva la ocupación extranjera, pues era una región donde confluían colonizadores franceses y holandeses, además de piratas ingleses.

A esto último se le sumaron los intereses por efectuar actividades misioneras tanto en la colonia, como en la república, empiezan en 1694 con una efímera misión religiosa ordenada por el rey Carlos II. En 1715 se genera una segunda misión con el fin de controlar también el comercio de perlas, la cual se establece hasta 1769, interrumpida por una rebelión en contra del poder español (Marín, 2014). Nuevamente los intentos de ocupación española del norte de la Guajira se ven frenados por los Wayúu, y este siglo transcurre entre «empresas pacificadoras españolas» y »Sublevaciones de la nación Guajira». Esta época de ardua guerra, entre misiones capuchinas, expediciones y levantamientos guajiros, deja en la historia la fundación de «un centenar» de poblados españoles2 efímeros en toda la Guajira que acababan siendo destruidos por los Wayúu (Barrera, 1988).

Por último, Barrera (1988) se refiere a un periodo de convivencia pacífica entre los “Guajiros” y los españoles a partir de 1790, pues por propuesta aceptada por el mismo Virrey, se decide comercializar productos con los habitantes locales. Años después la independencia de las colonias americanas toma fuerza pues los españoles se habían debilitado tras la guerra con Inglaterra y la invasión francesa a la península ibérica.

De la Colonia a la República

• Historia Republicana de la Ocupación de la Península

Para la primera mitad del siglo XIX, los esfuerzos de expansión del territorio, a las tierras Wayúu, persistieron desde el ideal del Estado-Nación en la «organización de los pueblos indígenas», y de esta forma convertirlos a la «vida civilizada», por medio del abandono de sus costumbres y la adopción de la religión católica , dicho anhelo impulsó misiones capuchinas que fracasaron durante la segunda mitad del siglo, tanto así que finalizando el año 1833 se expide la orden para reducir estos grupos étnicos, que en su gran mayoría aún eran nómadas, a pueblos fijos, dichas construcciones estarían costeada por el gobierno republicano; estrategia que tampoco funcionó, debido a que los guajiros rechazaban la religión católica (Aponte, 2010).

En el siglo XX, la importancia estratégica de la Guajira, como punto fronterizo internacional, y la búsqueda del control y la colonización de nuevas zonas, dio origen a la fundación de Maicao, probablemente a partir de una Ranchería, en 1927, ciudad núcleo del comercio entre los dos países, hecho que abriría las puertas a extranjeros, entre ellos los migrantes «turcos» (1970), y así mismo Uribia, a mediados del siglo XX.

La península de La Guajira actual como síntesis entre Culturas

Hoy, el territorio de la península de la Guajira se presenta como un territorio de multi­culturalidad, producto del proceso de ocupación que ha vivido durante cientos de años, es el lugar donde el pueblo Wayúu ha sobrevivido los embates de la conquista. Lugar de convivencia con diferentes culturas Alijunas e indígenas, desde el contacto con los españoles, los enfrentamientos con los grupos «Cucinas», el comercio con franceses, holandeses e ingleses, los enfrentamientos con misioneros capuchinos, la influencia y el conocimiento brindado por los negros “cimarrones” provenientes de Valledupar desde el siglo XVI, y la llegada de los árabes en el siglo XX, pues en los últimos quinientos años estos fenómenos lograron cambios en las formas de vida de los Wayúus, permitiendo en ellos un espíritu de versatilidad, con gran respeto por sus antepasados, cultura y tradiciones, al igual que se va nutriendo con la absorción de las nuevas formas de habitar.

Los Wayúu como «luchadores incansables por sus derechos» se destacan por resaltar sus valores culturales y lograr articularse a procesos cultural, social, político y económico, sin perder su esencia (Mincultura, s.f., p. 1). Es por esto que, hoy el territorio Guajiro, muestra evidentes señas de dicha multiculturalidad, aunque la presencia del estado con fines económicos han debilitado la cultura Wayúu; la explotación petrolera desde los años 20 en el lago de Maracaibo y posteriormente la extracción de carbón desde los años 80, los proyectos turísticos masivos en los territorios ancestrales y sagrados, que aunque ha generado cierto tipo de ingresos para algunas familias, también han sido causante de daños irreparables para los modos originales de habitar.

Se entiende entonces a La Guajira como un receptáculo y un escenario del devenir Wayúu. La península a través de la historia ha sido punto de encuentro de una gran cantidad de culturas, que han sido protagonistas en la dinámica ocupacional, y el poblamiento de la región, hecho que a la postre, se ve como el factor crucial del que depende el carácter híbrido y multicultural de la esencia Guajira (Figura 3).

Figura 3. Mapa de la Guajira.

Fuente: Proyecto investigación.

La Guajira Territorio Hibrido

Geolocalización

Ahora bien, La Guajira es el departamento más al norte de subcontinente suramericano, ubicado en Colombia, su capital es Riohacha y Uribia, la ciudad con mayor población Wayúu del país. Por el norte limita con el mar Caribe, por el oriente con el Golfo de Venezuela; y con el departamento del César; al occidente con el mar Caribe y con el departamento del Magdalena. En Venezuela el Municipio indígena bolivariano Guajira es uno de los 21 municipios del estado de Zulia, y se ubica al norte del estado, su capital es Sinamaica. Esta división política entre países ha generado una fractura en el territorio pues la comunidad Wayúu lo concibe como una unidad y es por ello que La Guajira colombo-venezolana conforma lo que las comunidades Wayúu llaman, la Gran Nación Wayúu. Este espacio geográfico y étnico es para los Wayúu el Wo’Main (Nuestra Tierra) o Woummainpa (nuestra tierra desde siempre) (Figura 4).

Figura 4. Mapa Gran Nación Wayúu.

Fuente: Proyecto investigación.

Por otro lado, el territorio de la Guajira se reconoce varias subdivisiones debido a diferentes características, geográficas y climáticas, a saber: la alta, el norte extremo, la media y baja Guajira.

Alta Guajira: Llanura desértica, al norte del río Ranchería y al noroccidente del río Carraipía, afluente del golfo de Venezuela. Está región a una altura de 800 msnm, con un paisaje de bosques secos y amplias llanuras desérticas. En ella también se encuentran las serranías de: Macuira, Jalaala, Palash, Cocinas y Carpintero. Esta región también se refiere como norte extremo.

Media Guajira: Posee paisajes semidesérticos y sábanas cubiertas de montes espinosos y áridos. Región ondulada en el franco y piedemonte de la Sierra nevada de Santa Marta, entre los ríos Palomino al occidente en la frontera con el departamento del Magdalena y el Jerez al oriente.

Baja Guajira: Región húmeda y fértil, la más poblada y con todos los pisos térmicos. Se encuentra en el piedemonte oriental de la Sierra Nevada de Santa Marta y los valles alto y medio del río Ranchería, es también conocida como Provincia del Padilla, en donde se aloja la mayoría de la población del departamento. Además de las divisiones mencionadas para el Wayúu este territorio se reconoce con otra narrativa, asociada a sus valores cosmogónicos, ancestrales y claniles, se divide en:

Pala´müin: La región del mar, hacia el occidente de la península, comprende todo el litoral del territorio ancestral, allí se encuentran los pescadores (apalainshi) y los pueblos que se dedicaron con el trasegar de la explotación de la sal (ichii).

Wuinpumüin: Región de todas las aguas, hace parte del norte del territorio, donde se encuentran las serranías de la Alta Guajira, en ese lugar, se atribuye la creación de todos los eirrukus, grupos familiares o clanes, que crecieron y poblaron posteriormente la Guajira.

Uuchi´müin: El territorio de la parte oriental de la Guajira, dicho nombre corresponde a la relación con las montañas, dicho espacio, contiene los cerros y las estribaciones de la serranía del Perijá y también el territorio ancestral de la parte venezolana.

Jasale’omüin: Es la parte sudeste de la península, región de las dunas desérticas, en dicho territorio se encuentra un gran número de lugares que los Wayúu conocen como Pulowi, estos son lugares que la comunidad considera peligrosos, por tanto, buscan evitarlos para no desaparecer o caer en enfermedades graves.

Wopumüin: Denominada la región «hacia dónde van los caminos», es el espacio que comprende el suroeste, desde la Media Guajira, comprende también parte de la baja Guajira. Se encuentra el cerro de la Teta, y donde la tradición dice que empezaron los recorridos de los primeros ancestros por el territorio (Figura 5).

Figura 5. Mapa límites del territorio ancestral Wayúu.

Fuente: Proyecto investigación.

Comunidad Wayúu

Los Wayúu son reconocidos por ser la comunidad étnica más numerosa colombo-venezolana; representan cerca del 8% de la población del Estado de Zulia y cerca del 45% de la población del departamento de la Guajira según los datos del censo 2011 respectivamente. El poblamiento del territorio está intrínsecamente relacionado con los cambios estacionales, pues durante la estación seca, muchos Wayúu buscan trabajo en territorio venezolano o en otras ciudades o pueblos y en la temporada de lluvias muchos retornan a sus rancherías (Figura 6).

Figura 6. Mapa demográfico.

Fuente: Proyecto investigación.

Su estructura matrilineal actúa como sistema de reconocimiento, es decir, la familia y el apellido están ligados al lazo materno y se organizan a través de la estructura de clanes. Es aquí donde se habla de dos tipos de familiares: los apüshii la familia materna o uterina y los o’upayuu por vía paterna. La mujer juega un papel fundamental, es la representación de la continuidad cultural. Ellas son las tejedoras del vínculo espiritual entre su cosmogonía y su descendencia. No es solo la procreadora de su mundo, sino que es la matriz, la portadora de la responsabilidad de la prevalencia de su existencia. Para ser Wayúu se debe nacer de un vientre Wayúu, es solo así que se heredan los valores, normas, creencias y prácticas. «[…] La tierra Guajira despierta en mí sensaciones porque M´ma —la tierra— forma parte de mi historia personal, es mi matria como la madre que me parió» (Paz, 2017, p. 277).

Existen 30 clanes o eirrükü, cada uno con su propio territorio y su propio animal totémico. Es por esto que para el Wayúu el linaje se concentra en el valor de cada uno de los clanes o eirrükü, los cuales refuerzan el sentido de pertenencia grupal, donde adquieren virtudes como la sabiduría, el conocimiento, y habilidades específicas, como el piachi (médico, sacerdote y visionario), el putchi (abogado, dispensador de palabras, constructor de la paz), el oulakui (observador del porvenir en el tiempo), el kuyamai (hacedores de las técnicas de construcción), la Outsü (experta religiosa), Ou’lakülü (visionaria espiritual), Atükalü (ceramista pintora), Ei´nalü (madre tejedora) y Ei’külü (madre formadora), quienes se encargan de orientar a la comunidad sobre diversos fenómenos y de mantener la compostura ante las adversidades. El principio de responsabilidad personal no existe, las responsabilidades son siempre en conjunto de su clan (Figura 7).

Figura 7. Mapa distribución clánica del territorio ancestral.

Fuente: Proyecto investigación.

En el mito de la creación Wayúu se narra que en el principio arriba en el cielo vivía Maleiwa acompañado de kai (sol), kachi (luna) y juya (lluvia), mientras que abajo vivía M’ma (tierra) en soledad, un día Juya salió a caminar y se encontró con M´ma se enamoró de ella y con su alegre canto formo un juka (rayo) que penetró a M’ma y brotó de ella una Ama Kasutai (caballo blanco) que se convirtió en Alijuna y fue el padre de todos los Alijunas (hombres blancos), Juya siguió cantando y M´ma parió a las plantas pero eran estáticas y M´ma quería hijos que se movieran así que Maleiwa para no verla triste bajo a Wotka Sairu, en la alta Guajira, tomo barro y dándole forma creo a los Wayúu a quienes le dijo esta tierra será suya (Ministerio de Cultura, Mincultura, 2014).

Desde el inicio propio de los tiempos es M’ma la tierra, donde surge y se desarrolla la vida, es el espacio donde se construyen las relaciones con la naturaleza, se tejen sus tradiciones. El Wayúu da sentido a su mundo a través de su mitología y al analizar el mito de la creación del hombre Wayúu observamos que el hombre blanco también tiene parte en su mundo.

En este sentido el habitante busca una constante relación de equilibrio, entre su territorio sagrado y su existencia, esta relación existencial, les recuerda la vocación hacia el cuidado y el respeto de «Wouman», entendido como tierra Wayúu, donde además no ha existido límite para transitar ni ocupar, pues, según palabras de un «Putchipú». “(…) En cualquier lugar donde esté un Wayúu, ahí está el territorio Wayúu”(Mincultura, 2014), la relación trasciende el espacio terrenal, y más bien se entiende como una relación espiritual, el cosmos y sus creencias que tienen su lugar en el mismo territorio.

“El Wayúu remonta sus creencias a las fuerzas del cosmos y las humaniza; por ello, la tierra es la madre, la lluvia es el padre, las estrellas son depositarias de creencias que tienen fuerzas espirituales (seyúu)” (Montiel, Rodríguez y Rodríguez, 2014, p. 12). Es decir todos los fenómenos naturales tendrán una relación con su cosmovisión, sus modos de habitar. «Así, la vida se organiza en compañía de esas fuerzas contrarias y necesarias concibiendo cinco fases de ordenamiento existencial: Cósmica, plantas, animales, Wayúu, Seyúu (Montiel et al., 2014).

En relación a lo anterior en la dinámica social y cultural los Wayúu comprenden su concepción por medio del principio femenino de Mma (tierra), la cual expresa que cada ser es parte del territorio y una razón más para validar su concepto de sagrado desde la existencia misma y donde se estima la vida como máxima expresión de su creación.

En otro plano, en el simbólico, la cosmovisión se expresa a través de la forma espiral como un carácter integral del pasado, presente y futuro donde el Wayúu percibe el tiempo de una forma que se relaciona directamente con todo su ser, pues el pasado es el que genera el presente y este, a su vez, proporciona el futuro. Se trata de un esquema donde el territorio como concepción ancestral primaria permea la existencia y a su vez traza lo desconocido, por lo tanto, esta concepción, aunque abstracta y quizás unidireccional empieza a develar al Wayúu como un ser atemporal pues su realidad incluso surge entre las comunicaciones con aquellos sueños que fabrican y predicen lo que está por venir, al igual que tiene una relación directa con su creación y con su entorno pues es parte de él mismo. Es aquí donde la idea de territorio no está limitada a la concepción de la nación Wayúu o unos límites netamente geográficos, sino que alberga la concepción sagrada y los seres que dibujan al paso del tiempo como los pasos en el desierto, el caminar del Wayúu.

Para los Wayúu, el mundo sagrado está enteramente relacionado con lo cotidiano aspecto que en su construcción de ciertos conceptos, crear ambivalencias y paradojas, donde es posible que algo tenga dos valores distintos y pueda interpretarse de dos maneras distintas. Es aquí donde es preciso hablar de cómo los seres no humanos llamados Pülasü tienen el poder de la vida y la muerte, de la salud y la enfermedad. Por lo que casi todas sus figuras míticas podrían calificarse de Pülasü o tener un origen en estas. Entonces para los Wayúu lo «sagrado» es todo aquello denominado Pülasü y está en oposición a Anasu, lo cotidiano o permitido. Pero también aquello que tiene relación con los sueños es en el mundo de los sueños donde los vivos hacen contacto con las otras dimensiones lo que conformaría el mundo «sagrado» o Pulasi.

Es entonces lugar para retomar la relaciona con lo sagrado y se puede entender que nace a partir de lo humano, el futuro es la vida diaria, la dimensión intangible del habitar cotidiano, sin ese presente humano no podría existir la concepción de lo sagrado pues lo humano se teje con el presente y el futuro debido a su estrecha relación con la concepción del territorio, pues solo pueden existir los lugares sagrados a partir del paso por la dimensión humana. Un preciso ejemplo de estos conceptos es el Jepirra.

Un Wayúu al morir va al Jepirra, este lugar es considerado por los Wayúu como el lugar donde habita el Wayúu muerto, es el lugar donde reposan los otros Wayúu que partieron antes y donde estos tienen contacto con dimensiones desconocidas (Gavidia, 2004, p. 6).

Hemos dicho que el Wayúu le dará sentido a su mundo a través del mito, lo que pone al territorio como medio de materialización del pensamiento cosmogónico.

El mito de conformación de los principales cerros es un ejemplo de las formas cosmogónicas Wayúu de construcción del territorio. Se tratan de narrativas por las cuales se personifica cada uno de los cerros, se explica su aparición, contando que hace mucho tiempo vivía un anciano guajiro en las márgenes del rio Ranchería y con él vivían sus tres sobrinos quienes le tenían un gran cariño. Pero una noche los tres soñaron que Maleiwa les ordenaba recorrer las tierras hacia el norte; al día siguiente le contaron este hecho a su tío quien les dijo que debían obedecer el mandato de Maleiwa y así lo hicieron, después de caminar muchos días llegaron al centro de la Guajira donde fueron bien recibidos, allí el mayor de ellos le expresó a sus hermanos que lamentaba verlos partir, pero el destino lo detenía, se había enamorado de una mujer, así que sus hermanos siguieron su camino en dirección al cabo de la Vela donde permanecieron un tiempo hasta que el segundo le expresó al menor que lamentaba verlo partir solo pero que él debía quedarse en ese punto ya que le había encantado el espléndido mar, así que el último de los hermanos siguió su camino solo por el sendero de la llanura hasta llegar al extremo de la península allí se quedó a vivir atraído por la tierra, cuando llegó el término final todos volvieron a tener un sueño. Era el fin y Maleiya les decía que como todo lo que nace muere y más que morir se transforma decidió premiar sus amores convirtiéndolos en cerros que llenarían la historia de esas tierras, el mayor sería conocido como Epits, por haber amado a la mujer, el segundo como Kamaichi, por amar al mar y el menor Itojor, por amar la tierra (Forero, 1995).

Se puede afirmar, entonces que, del mismo modo como ocurre en la narración mítica, cuando llega el momento de morir, el cuerpo físico desaparece, pero la Aa’in sigue viva, se transforma en yoluja, no humanos, siluetas imprecisas sin huesos que residen en el Jepira. En consecuencia de las descripciones previas, definir y elaborar el concepto territorio, en el sentido amplio del concepto, rebasa las definiciones mas elementales de límites geopolíticos e instituye varias consideraciones relativas a lo cosmogónico o mitológico, lo real e imaginario, dimensiones míticas que traspasan la cultura material, lo humano y lo cotidiano, otorgando significados y simbolismos que ancestralmente articulan la identidad y sus creencias al territorio, ya que «existe una relación indisoluble entre cosmos territorio, vivienda y hombre» (Marín, 2014).

Después de esbozar una definición de lo sagrado y el territorio, también debemos entender lo Wayúu a través de la conformación de tres aspectos, igual de importantes como el universo mítico, nos referimos a: lo comunal, lo sagrado y lo prohibido. El trascurrir cotidiano del Wayúu está condicionado o al menos muy relacionado con una conexión con sus orígenes, los modos de vida tradicionales y sus roles, los acontecimientos importantes que giran en torno a las relaciones inter parentales, la temporalidad, una dimensión onírica y lo desconocido o tabú. Estos lugares se pueden caracterizar del siguiente modo:

Comunales: Áreas destinadas por la comunidad para desarrollar actividades productivas y conservación, rituales de renovación, sanación o festividades de conmemoración. Son: cementerios, jagüeyes, potreros de pastoreo o cultivo.

Prohibidos: Zonas de reserva en las cuales no se pueden realizar actividades de caza, pesca, recolección, siembra, desmonte pues son considerados lugares habitados por los creadores. Entre estos se encuentran los cementerios o amuyapa residencias de los ancestros, ciénagas, sitios de origen. Estos lugares marcan el territorio de pertenencia de los antepasados.

Sagrados o encantados: Espacios reconocidos como zonas en las cuales no se puede entrar sin el debido permiso de los seres espirituales mediante rituales de limpieza, purificación y armonización. Jepirra, destino de las almas después de la muerte. Serranía de la Makuira (Serrania de Jala’ala). Cerros cercanos a la frontera con Venezuela O´uipana y Wossoosapí. Cerros localizados cerca del Cabo de la Vela. Pozos de agua dulce, penínsulas, golfos, cementerios, yacimientos y jagüeyes (Consejo Superior de la Judicatura-CSJ, 2004).

De lo Híbrido a lo Heterogéneo

Desde la genealogía mítica de lo Wayúu es posible identificar una condición de partida, una idea de hibridación inherente al territorio pues se reconoce a lo «otro» a través de la figura de lo Alijuna o Aríjuna, compartiendo con éste su génesis o su origen mítico; es desde allí que se puede inferir un carácter heterogéneo típico del territorio de La Guajira. Como explica el mito, primero nace el hombre blanco con la fuerza eléctrica de un rayo y posteriormente llega el Wayúu, quien viene del barro y cuidará la tierra. Este punto de partida ya cuenta con dos surcos, variables de una dualidad que en algunos casos sufre un proceso de hibridación, evidente en numerosas manifestaciones culturales. Así mismo, esta mezcla, da cuenta de una estructura rizomática, como lo describe en su texto François Laplantine, mestizaje es una «red de conexiones potencialmente infinita» (Laplantine, 2008, p. 640) (Figura 6).

No obstante, el origen racial del término “mestizaje» es problemático, más aún en el contexto de comprender y configurar los procesos de intercambio cultural asociados a un territorio de fuerte carácter étnico; por lo que esta reflexión describe el territorio desde el conjunto construido de articulaciones, fenómenos y conexiones que tienen una unión no cohesiva ni coercitiva, compuesta de singularidades, de carácter discontinuo; una situación indispensable que compone lo heterogéneo, lo híbrido, lo múltiple, que como un rizoma «no termina, siempre está en el medio, entre las cosas, […], no designa una relación localizable que va de una a la otra y recíprocamente, sino una dirección perpendicular, un movimiento transversal que las lleva a una y otra» Deleuze (2010, p. 29). Por lo que el término «transculturación» cobra mayor sentido, permite hacer varias distinciones, de un lado no hay un desarraigo o pérdida de los significados adheridos al territorio, pero también hay reciprocidad en los diversos encuentros culturales que han ocurrido en los distintos períodos que se señalaron previamente y que aunque han sido conflictivos y problemáticos frente a la propia identidad, crearon una condición de permeabilidad, asimilación y entrelazamiento que definen en gran medida el carácter de este territorio y su cultura material, una distinción que se conoce como transculturalidad (Welsh, 2011).

Ahora bien, el Wayúu permanece en un «entre las cosas», adquiere y logra ante la llegada de nuevos medios y conocimientos externos, oportunidades de subsistencia, pero al mismo tiempo mantiene su relación existencial con su territorio sagrado y sus costumbres, resultando así, en un devenir Wayúu que muta y evoluciona de manera constante.

La península de La Guajira, como caso particular en América Latina y asociada a la cuenca del Caribe, es un contexto de confluencia de fenómenos transculturales; García (1990) menciona al respecto: «(...) una articulación más compleja de tradiciones y modernidades (diversas, desiguales), un continente heterogéneo formado por países donde, en cada uno, coexisten múltiples lógicas de desarrollo» (p. 32). Estas complejas articulaciones logran como resultado un paisaje compuesto por un entrecruzamiento de series permeables, es decir, manifestaciones culturales que paulatinamente, con el tiempo, se van interconectando, por lo que es necesario abordar una mirada más amplia, que nos permita comprender este paisaje y este territorio a partir de categorías relativas a fenómenos de transculturalidad, tanto a las hibridaciones posibles como a los posibles sincretismos, dualidades y a las múltiples variables que allí confluyen.

Dentro de las manifestaciones físicas del proceso de hibridación del paisaje encontramos varios componentes, la visión sagrada del territorio, nos referimos al amplio tema de la cosmogonía del habitante originario Wayúu y otras etnias poco conocidas, al proceso de dominación y conquista de parte de los europeos del siglo XVI y las sucesivas olas de dominación e hispanización, las incursiones de misiones católicas para la evangelización, el proyecto de Estado-Nación, las políticas de modernización y control territorial, el contrabando, la minería, las migraciones, el conflicto armado y la actual cultura globalizada y neoliberal. Por su permanencia en el tiempo, algunos de estos procesos lograron marcar el territorio, instaurar mutaciones y evolucionar, a modo de sincretismos en el paisaje. Muchos de estos rasgos son visibles hasta el día de hoy, posiblemente a través de ejercicios de arqueología del paisaje esta arquitectura del territorio pueda restituirse y numerosos aspectos e interpretaciones apenas esbozados con esta reflexión pueden ampliarse.

Dentro de este marco, no pretendemos ver el territorio desde una postura conservacionista, por el contrario, nuestro interés se focaliza en la comprensión de una arquitectura del territorio, siendo conscientes, además, de su carácter diverso, heterogéneo y polisémico. Como lo menciona Clifford (2001):

La aceptación del concepto de glocalidad, aunque se use de manera superficial, nos ha permitido darnos cuenta que la pureza y la homogeneidad de las culturas desde el pensamiento moderno, ha evolucionado a la hibridación y a la pluralidad en la contemporaneidad (p. 79).

En congruencia con esto, se hace una lectura del paisaje desde la multiplicidad, desde lo contemporáneo, una mirada que ayude a identificar, estudiar y fortalecer los valores actuales de las manifestaciones culturales de las comunidades que habitan ancestralmente La Guajira, con todas sus vicisitudes, pero sobre todo, resaltando su capacidad para adaptarse y permear los constantes cambios, la recepción de imaginarios y la asimilación de modalidades. Como menciona García (1990), se ha pasado de comunidades campesinas, algunas con orígenes étnicos, sin conexión con el resto del país a la regularización de las ciudades donde se llega a lo heterogéneo, constantemente renovadas por la integración local de redes de comunicación nacionales y transnacionales.

En el mundo habitado por el Wayúu el cielo es el narrador de sus historias, un testigo elocuente en su concepción sobre el origen, de los procesos de poblamiento, migración e industrialización, un permanente acompañante del paisaje, de la cotidianidad y de las formas de habitar. Siruma3, es el telón de las reflexiones al caer la tarde, de las interminables noches de historias mágicas, acompañante de los sueños, escenario para los relatos sobre su cultura, sus costumbres y sus tradiciones. La noche estrellada de la Guajira es un lienzo para entender la región como un tejido multidimensional entre la naturaleza y lo sagrado, entre lo Wayúu y lo Alijuna.

Figura 8. Narrativas morfológicas y paisajísticas de la Guajira.

Fuente: Proyecto investigación.

Esta gráfica (Figura 8), es un intento por representar esas narrativas morfológicas y paisajísticas de la Guajira, una evocación del territorio Guajiro como una noche estrellada testigo polivalente de entidades morfológicas que componen y definen la región, manifiesto de las diversas formas de habitar y entender ese universo. En la genealogía Wayúu en un principio existía la de madre como la noche y el padre como el día. Cada uno por su parte concibieron dos pares de gemelos, el padre el sol y la luna y la madre, la tierra y el mar. Y «Es a partir de ellos que comienza la creación de todo en el mundo. El origen de la vida está entre la tierra y el mar» (Daza y Tobar, citado por Mincultura, 2014, p. 5).

La Guajira, ese territorio desértico y particular, poblado por comunidades que, como una constelación de múltiples significados y sucesos, entretejen el territorio, constituye un universo que acoge lo único y a la vez es testimonio de lo heterogéneo y lo múltiple. Un sincretismo donde confluye la visión sagrada del Wayúu con procesos y entidades político-administrativas como los Parques Nacionales o las zonas de reserva natural que incorporan zonas de protección a lugares que fundamentan el universo mítico Wayúu. Los caminos tradicionales que como un itinerario etno-cultural, huella imborrable del transcurrir del tiempo y evidencia latente de las rutas de intercambio y comercio son también las rutas que hacen parte de esta arquitectura del desierto, ensambladas a partir de conexiones y antiguo tránsitos hacia el mar Caribe, algunas toscas y francas, que organizaron desde siempre la conexión de los poblados y clanes pero que ahora se transforman con los modelos económicos de la minería y se vuelven una fractura inquebrantable al territorio ancestral. Un rompimiento incluso de estructuras consolidadas por la comunidad, donde una familia y su territorio queda fragmentada por una vía pavimentada que promete los ideales de progreso y donde su antiguo paisaje, moldeado a lo largo de los años, queda recompuesto por las torres de interconexión eléctrica como testigos mudos en la oscuridad de sus parajes.

Los resguardos como una institución legal y sociopolítica de carácter especial, conformada por una o más comunidades indígenas, que con un título de propiedad colectiva que goza de las garantías de la propiedad privada, poseen su territorio y se rigen para el manejo de éste y su vida interna por una organización autónoma amparada por el fuero indígena y su sistema normativo propio (Decreto 2164, 1995, art. 21). Coexisten junto a prácticas culturales como el uso de los asentamientos dispersos, que en ocasiones no son estables, pues al agotarse los pastos y cultivos para la alimentación de los animales, las unidades familiares migran a otros lugares, una movilidad que puede estar relacionada con las características del clima y los suelos; una condición semidesértica, que requiere mayor extensión de tierra para los cultivos que garantizan el sustento de los habitantes, por lo que esa distancia entre las viviendas garantizaría esa sostenibilidad alimentaria. Por otro lado, existen procesos de urbanización poco planificados, centros poblados situados fuera del área de influencia de los resguardos y en cuyas zonas de expansión se evidencian emplazamientos y rasgos morfológicos propios de los patrones dispersos típicos de las rancherías, migraciones internas que provocan crecimientos urbanos singulares, crean una configuración particular de las relaciones con el vacío urbano y con la manzana, una morfotipología que podría considerarse parte de un proceso de transculturación y mutación de conceptos urbanos.

Reflexiones finales

Estudiar la configuración de un territorio como la península de La Guajira, nos deja abiertos numerosos horizontes de indagación y reflexiones en torno a las dinámicas con las que se ha construido esa arquitectura territorial, no solo por los contenidos y significados de su condición étnica y transcultural, sino también como un horizonte dialógico entre la disciplina arquitectónica y sus herramientas cognoscitivas; Se construye la experiencia desde las propias herramientas epistemológicas y en consecuencia se elabora un conocimiento propio disciplinar, así mismo, en tanto somos capaces de modificarlas o atravesarlas con otras miradas, otras perspectivas y métodos, entonces aparecen producciones transdisciplinares, que probablemente signifiquen la posibilidad de un aporte particular o nuevas interpretaciones.

El estudio de material bibliográfico en complemento con los viajes y las visitas de campo en los que los recorridos y los diálogos con los miembros de la comunidad permiten entender diferentes dinámicas del territorio de primera mano, son herramientas adecuadas para realizar análisis territoriales y pueden ser enriquecidas con talleres de arquitectura para niños quienes a través de diferentes actividades a modo de juego pueden brindar indicios de datos relevantes sobre su hábitat de una manera concreta como se puede evidenciar en esta indagación.

Por otro lado, la construcción de cartografías entendidas como estructuras rizomáticas pueden dar cuenta de los diferentes componentes culturales, políticos, históricos y sociales, opuestos o complementarios que confluyen en un territorio, siendo una herramienta que permite entender el complejo entramado de relaciones y mezclas que conforman un territorio en la actualidad.

El territorio Wayúu se encuentra fragmentado por diferentes formas de limitación territorial, como son la división política que lo reparte entre dos países; la división propia establecida por aspectos climáticos y geográficos, y la división cultural que surge de la cosmogonía de la comunidad Wayúu. Es a partir de estas formas de limitar el territorio que es posible observar a simple vista la complejidad e hibridación que posibilitan entenderlo como un territorio de confluencia entre diferentes dinámicas y visiones.

Este territorio se puede entender como una sábana de retazos, los cuales se han ido adhiriendo, entrecruzando y conectándose entre sí con el paso del tiempo; desde el momento en que los primeros contactos del territorio ancestral con culturas totalmente externas, este territorio, es entendido como un ente, que empezó a cambiar y sufrir cada vez más con las influencias externas, conformando así nuevas costuras y conexiones, que progresivamente van desapareciendo para darle el lugar a otras nuevas, del mismo modo creando un crisol de traslapos culturales, con conexiones y puntos de fuga en todas las direcciones, tal y como un rizoma fluido, que se contrae y se extiende; que evoluciona aún hoy, al compás que marca el tiempo.

Referencias

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* Proyecto de extensión solidaria “Diagnóstico y diseño de vivienda en la Alta Guajira: Estrategias para el mejoramiento del hábitat rural de la comunidad indígena Wayúu y de los pobladores Alijuna para la protección de sus tradiciones espaciales y el desarrollo sostenible de sus asentamientos”, convocatoria 2019 Universidad Nacional de Colombia sede Medellín.

1 Territorio arrendado por la corona española a la familia de banqueros germánicos Welser para su explotación, desde 1528 hasta 1546.

2 La fundación de pueblos de indios, fue la práctica más utilizada por los españoles en la primera mitad del siglo XVIII para el sometimiento del territorio, creando una red de estos poblados por parte de las misiones capuchinas, los cuales a la postre fueron destruidos.

3 Cielo en  Wayuunaiki.

Álvaro Hernán Acosta Páez es docente de la Facultad de Arquitectura en la Universidad Nacional de Colombia (Medellín).

Ana Mercedes Suárez Velásquez es docente de la Facultad de Arquitectura en la Universidad Nacional de Colombia (Medellín).

Owen David González Obando es estudiante de arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia (Medellín).

Cristina Ospina Montoya es estudiante de arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia (Medellín).

Juan Pablo Osorio Osorio es estudiante de arquitectura, de la Universidad Nacional de Colombia (Medellín).